La desorientalización de Irán
El conflicto bélico de los Estados Unidos e Israel contra Irán
redefinió el escenario político de la región, subrayando el rol diplomático y
mediador de Pakistán y Turquía, a la vez que impactó en la economía y los mercados energéticos globales debido al
bloqueo del estrecho de Ormuz. Los intercambios armados entre las partes y sus
aliados forzaron a otros actores regionales a revisar sus políticas de defensa y
estrategias económicas, en algunos casos, a través de nuevas alianzas y la
ruptura de patrones tradicionales de cooperación. El acercamiento de los
Emiratos Árabes hacia India y su ruptura con el sistema de la OPEC es un
ejemplo paradigmático de lo anteriormente mencionado. La agresión contra Irán
responde menos a un supuesto interés occidental por modernizar su sociedad y
mucho más a una narrativa de poder que busca imponer un orden regional
geopolítico favorable a los intereses de los Estados Unidos. La batalla
discursiva de los últimos seis meses puso en evidencia el trabajo y los
esfuerzos ideológicos de la maquinaria de propaganda norteamericana-israelí
para mediar las percepciones globales sobre Irán. Se trata de oscurecer una
realidad en la cual la teocracia permite mayor apertura social y política en
favor de enfatizar ciertos aspectos negativos como los únicos elementos
constitutivos de la realidad. El lector
debe advertir que no se intenta negar u ocultar las dificultades políticas y económicas
que los iraníes sufren en la actualidad producto de las decisiones políticas de
la teocracia, sino remarcar como actúa la propaganda externa en la definición de
la imagen internacional de Irán.
Allende la compleja negociación diplomática y los constantes
traspasos para llegar a la firma de un acuerdo de paz duradero entre los
Estados Unidos e Irán, este conflicto aparejó consecuencias sociales bastante inesperadas. La más evidente de las
mismas es la fortaleza demostrada por la sociedad iraní y su unidad frente a la
amenaza externa de carácter existencial, algo que Washington y Tel Aviv no evaluaron
correctamente. Una de las varias ‒y continuamente
cambiantes‒ justificaciones de
la guerra contra Irán sería facilitar
la caída del régimen político. Los ataques a las ciudades de Teherán, Isfahán,
Qom, y Minab, entre otros, tuvieron como subtexto la idea que una guerra de destrucción
generalizada contra Irán produciría el levantamiento popular en contra de la
teocracia. Israel y los Estados Unidos, guiados tal vez por informes de sus
propias agencias de inteligencia y por los discursos de ciertos grupos dentro
de las diásporas iraníes —en especial la radicada en Estados Unidos— no
lograron anticipar la firmeza con la que los iraníes se unieron bajo una
identidad común frente a una amenaza externa. Esa amenaza, al atacar
indiscriminadamente la vida humana —como ocurrió en la escuela primaria de
Minab—, así como la infraestructura, la propiedad privada y sitios históricos reconocidos
internacionalmente como patrimonio de la humanidad, reforzó la cohesión
nacional y la determinación colectiva de resistir. Es importante recordar que
el discurso de resistencia frente a Occidente constituyó uno de los objetivos primarios de la campaña de propaganda iraní desde
la década de 1980. Por lo que la resistencia frente a agresiones externas no es
una idea ajena a la mayoría de la población. Por otro lado, no debe ignorarse el
trauma social que esta guerra de agresión causó y como este actúa como un elemento integrador más que desintegrador
de la cohesión social interna. Más específicamente en lo que respecta a las
capacidades políticas de Irán, Occidente parece haber olvidado que este país es
heredero de una civilización milenaria que, desde la antigüedad, perfeccionó el arte de gobernar y construyó una maquinaria política sólida y perdurable. El corazón político de
Irán no es la figura del Líder Supremo o El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria
Islámica ‒IRCG‒, sino que el poder está distribuido en una compleja tela burocrática
y de conocimiento especializado que extiende sus raíces a varios sectores de la
sociedad como la universidad y el bazar entre otros.
La segunda consecuencia social de esta guerra tiene que ver con la
mirada de Occidente sobre Irán. Edward Said propone que el pensamiento y
conocimiento europeos sobre Oriente en el periodo de pos-ilustración hasta el último
cuarto del siglo XX cuando escribió Orientalismo
(1978), se basa en una serie de ideas, imágenes, experiencias y presupuestos en
muchos casos producto de una mirada oblicua sobre el “otro” no europeo. Orientalismo,
por tanto, es el discurso resultante de la mezcla y expansión de ciertas ideas históricamente
predominantes en Europa – y luego en Occidente‒ que se aceptaron sin más análisis respecto a su valor histórico,
social y político –Said las denomina idées reçues, ideas recibidas‒ y que sirvieron
para que esta se definiera a sí misma en oposición a Oriente. Esta narrativa es
más una construcción discursiva occidental que una expresión de la realidad. Se
constituye a partir de la binarización de la realidad
como oriental y occidental. En palabras del autor, mientras que Occidente es
racional, desarrollado, humanitario y superior, Oriente es subdesarrollado, no humanitario
y sobre todo irracional e inferior. Said no ignora el valor social y político del
conocimiento producido y las experiencias recogidas por los especialistas y
funcionarios de los poderes europeos en Oriente ‒un término que a partir de su trabajo se problematiza, ¿Qué es Oriente? ‒, sino que
lo que propone es que estos emergieron en el contexto de la carrera
imperialista y por ende están cubiertos por un aura de colonialismo y racismo.
Con esta teoría como de telón de fondo se puede revisar críticamente
la narrativa de Occidente sobre Irán en los últimos 70 años. Los eventos políticos más significativos que afectaron a Irán
desde mediados del siglo XX fueron el golpe de Estado que depuso a Mossadegh en
1953 ‒con el apoyo de la CIA y MI 6‒, la caída de la monarquía de la dinastía Pahlevi, la llegada al
poder de la teocracia liderada por Khomeini en 1979, la crisis de los rehenes norteamericanos,
el affaire Irán-contras y la guerra entre Irán e Iraq en los años ochenta. Más
recientemente, Irán llamó la atención global
por las acusaciones occidentales sobre la peligrosidad de su programa nuclear, el
daño social y económico que paraliza a la economía iraní por las sanciones económicas
impuestas por Estados Unidos y Europa, y las protestas internas en contra del
programa económico de la teocracia. La comunidad de seguridad occidental trató a Irán, desde la revolución de 1979, como una amenaza más que como
una civilización que debía entenderse. La versión simplificada de esta
narrativa occidental propone que Irán es un país atrasado y gobernado por una
teocracia con poder absoluto que no permite innovaciones tecnológicas,
intelectuales y sociales. En oposición binaria, los Estados Unidos ‒y Europa‒ se presenta como el paladín
de las libertades personales, la democracia, el racionalismo y el progreso económico
y tecnológico. Como el lector ya habrá notado, desde el comienzo de la agresión
contra Irán, la circulación de información producida por iraníes residentes en Irán
en forma de videos y clips subidos a plataformas como Facebook, YouTube, Instagram
y Tiktok, cuentan otra historia. Este material gráfico de gran distribución en
las redes sociales comenzó a cambiar la imagen generalizada que las masas
occidentales tenían sobre este país y sus gentes. De acuerdo con los datos
publicados por Pew Research Center, más
del 60 % de la población norteamericana considera que la guerra con Irán es un
error y no aprueban la forma en que el presidente Donald Trump conduce la campaña militar.[1]
Puntualmente, la narrativa norteamericana para contextualizar a este país como
un enemigo comenzó a quebrarse gracias al efecto democratizador de la ‒supuesta‒ libre circulación de
información en internet. Los videos que se pueden ver en diversos medios
revelan una realidad en la que la teocracia parece no estar preocupada por la
observancia de códigos de vestimenta femenina —uno de los elementos más
superficiales, aunque centrales, de la narrativa occidental sobre los derechos
de la mujer en Irán—, desmintiendo las imágenes obsoletas que las mostraban
únicamente con abayas negras y chadores, como en 1979. Asimismo, se observa una
vibrante vida urbana con shopping malls, cafés y restaurants en los que los géneros
se interactúan de la misma manera que en Occidente. La presencia de músicos y
artistas defendiendo, a través de la organización de escudos humanos, la
infraestructura vital para la vida en diferentes puntos de Irán, cuestionan las
ideas sobre las que se estableció la imagen de
la rígida interpretación del islam por parte de la teocracia en Occidente.
Por otro lado, la guerra puso de manifiesto el alto grado de
desarrollo tecnológico autóctono sostenido por una sofisticada infraestructura económica
y financiera ‒aunque afectada por
las sanciones‒ en la cual las
mujeres tienen un elevado nivel de participación, así como en otras esferas de
la vida social como la educación, negocios y el gobierno. A pesar de las más de
mil medidas que Estados Unidos impuso de manera unilateral sobre Irán —y que,
junto con las sanciones europeas, conforman el amplio paraguas de restricciones
internacionales—, este país logró crecer y consolidarse como un poder regional.
Finalmente, el sistema político iraní no es una democracia al estilo
occidental, pero ¿por qué debería de
serlo?, la idea norteamericana de evaluar el nivel de apertura política,
libertades y respeto por los derechos humanos en base a si esos países adoptan
formas occidentales de gobierno refuerzan el estigma atlántico-céntrico y
orientalista aun presente en el pensamiento de las elites políticas y académicas
norteamericanas. Irán tiene elecciones regulares en las que hay cierta apertura
y deferentes cosmovisiones políticas se enfrentan. Si bien esta fórmula
presenta falencias lo mismo sucede en democracias consolidadas en las que las
esferas políticas están cada vez más controladas por billonarios quienes tienen
la capacidad de introducir sus propias agendas en detrimento de los intereses
de la mayoría. Concluyendo es posible afirmar que el panorama social y político
de Irán es mucho más matizado y plural de lo que la percepción occidental sugirió
hasta ahora, dado que permite la participación de diferentes grupos sociales y
culturales en los diversos niveles de poder político, social y cultural, espacios
a los que las mujeres tienen acceso sin necesitar de la intervención de poderes
extranjeros. Las protestas en contra de la guerra en Europa y Estados Unidos
marcan un punto de inflexión y ruptura con respecto a la narrativa orientalista
dominante y permiten que la sociedad civil ‒los votantes‒ de las
democracias occidentales tomen sus propias decisiones con respecto a cómo
entender Irán y a su población.
* Esta foto se encuentra en: https://www.inquisitr.com/situation-in-tehran-worsens-as-massive-airstrikes-hit-capital-on-seventh-day-of-us-israel-war-on-iran/

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